F·R·I·E·N·D·S

Han pasado casi veintitrés años desde su estreno en 1994. Una generación entera ha nacido y crecido a partir de ese año, el planeta se ha visto sacudido varias veces desde entonces con infortunios y atrocidades, ha llegado y –nos ha deglutido– el mundo digital, han cambiado los papas y los reyes, hemos visto fantoches convertidos en presidentes…

Y ahí sigue, como si el tiempo no pasara, fresca como una lechuga cada vez que nos alcanza a través de alguna cadena de televisión, del DVD o de Netflix. Me refiero a Friends, la legendaria serie. Es difícil saber dónde radica el éxito arrollador de este producto televisivo, el porqué del cordón emocional que logró establecer a lo largo de diez temporadas con audiencias del mundo, un fenómeno que sigue repitiéndose con público nuevo aunque haga ya trece años que bajaron el telón.

Puede que sus personajes sean estereotipados: el profesor algo inocentón, la obsesa del orden y la limpieza, la rubia caprichosa y consentida, el actor de medio pelo obsesionado con la comida y el sexo, la esotérica ilusa de inteligencia callejera y el soso listo en el que nadie se fija. Puede también que resulte cero creíble ese devenir despreocupado que llevan, saltando de apartamento en apartamento o tomando café a todas horas en Central Park.

Pero aun así. Los chistes son rápidos como cuchillos, el humor es a ratos ácido y a ratos tierno, la ironía atemporal nos sigue subyugando.

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Intro de F·R·I·E·N·D·S